SOLEDAD Y VIUDEZ.

Cuidador anonimo 8 franz alberto merino davila
SOLEDAD Y VIUDEZ.

He lavado por seis ocasiones los interiores de mi madre en una sola mañana.
También le ayudé a ponerse los limpios por su debilidad y grueso vientre.
Todo por causa de su resistencia a la sana nutrición y exceso de golosinas.
Después de un secado rápido, se los he planchado para que cuente con reserva.
Le troce una manzana verde, su color favorito, e ingirió suero oral a la fuerza.

Sus necesidades seniles respecto a la salud, cada vez, se hacen más presentes.
No se deja ayudar, las terapias físicas para sus brazos y piernas las abandonó.
Aparentemente solo necesita mucha compañía, buen trato y abundante cariño.
Le he escuchado pedirle a su Dios que por favor la recoja lo más pronto posible.
Siento que está cansada de vivir, también eso cansa, sumada a la soledad y viudez.

Por mi experiencia a mis amigos cumpleañeros ya no les deseo lleguen a la vejez.
Ahora les deseo los necesarios mientras sean autosuficientes y tengan más amigos.
También les deseo mantengan joven su espíritu, gran lucidez y jamás dejen de reír.
Permanezcan siempre motivados, amen: el buen arte, lo ético y estético, lo bello.
Siempre practiquen una actividad intelectual, ejerciten su memoria, su mente.

Franz Merino
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INMENSA SOLEDAD

Cuidador anonimo 7
INMENSA SOLEDAD

Estoy en la terraza del edificio de mi madre.
Un tercer piso donde siento mucho frío lojano, el cielo está despejado.
Acabó de llover, de llorar el cielo como yo tantas veces lo hice por la tristeza.
El amarillo suave de la casa es el más abundante,
pero el verde, el color preferido de mi madre es el que resalta;
mi padre accedió a pintarlo por consentir a mi madre, por el amor que le tuvo,
por ser ella su gran amor… su primera novia y la última que tuvo.

Me siento inmensamente solo, tengo mis razones, espero el mañana venga pronto.
Sea un amanecer donde vea de nuevo a mi madre y se repita la rutina de cuidarla…
Aunque, a veces, deseo que ya no despierte y descanse en paz, que pase al más allá.
Deje de sufrir la pérdida de su compañero, mi finado papacito, y sus dolores físicos.
Siento que estas sombras lunares, esta soledad y el silencio de esta noche,
me preparan a mí y no a ella para recibir junto con mi familia su total ausencia.
Veré la muerte… Eso será el premio por cuidar de ella… Con eso se acabará, todo.

El plan de mañana será casi igual al de ayer y al de hoy.
Después de su desayuno le daré la tableta para su presión, una vitamina,
una pastilla para controlar su edema en las piernas… en la noche la del corazón.
Limpiaré el sanitario de su cuarto… jamás dura más de un día limpio.
Asearé con un trapo mojado sus piernas untadas con sus sobras diarreicas…
Con otro trapo le secaré, luego ambos los lavaré a mano en la lavandería de la terraza.
El cloro para desinfección y el desodorante ambiental no pueden faltar.

Volveré a pedirle que por favor se bañe… aunque no me hace caso.
Siempre me dice lo mismo: mañana lo haré, hoy tengo mucho frío, mijito…
Otra vez, colocaré una silla de madera color verde dentro de su cabina de baño.
Le explicaré que yo la bañaré y que no se avergüence al verse desnuda frente a mí;
que me deje devolverle su materno amor con mi filial gratitud, para eso su hijo soy.
Intentaré brindarle la máxima confianza, recalcaré que el aseo es indispensable.
Antes ella me aseaba cuando era niño, ahora yo deberé hacerlo con ella en su vejez.

Por un lado deseo se mantenga con vida y otras deseo ya su retirada por el umbral.
Es como las medicinas, por un lado le hacen bien y por el otro lastiman y hacen mal.
Los médicos con quienes rutinariamente la llevo, le advierten de su desgaste irreversible.
Le piden: deje de abusar del pan, del chocolate, del café, de sus variadas golosinas;
ejercite sus brazos, camine lo más que pueda, es por el bien de su corazón, manifiestan.
Cómo sería la vida de mi madre sin mí… Qué destino desolado y angustioso le esperaría…
Cómo sería mi vida sin ella…Qué destino me esperará…Qué cosas… Qué enigmas…

Franz Merino
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